[ El Archivo Corrupto ]

domingo, 22 de octubre de 2006

$>Plaga II

Cargué el fusil. Nunca había estado en una situación como esa y aún tenía miedo. Hace poco más de dos meses, se dió la orden tras la cual todos los cuerpo del estado se unían en uno único. Como más tarde descubriríamos, acabábamos de entrar todos en el ejército. Yo antes era guardia civil. Ahora, llevo ropa de asalto, rifles homónimos, pistola reglamentaria y mochila con material militar: mapas, raciones de supervivencia, capote, pala, brújula, munición, etc.

Tras un adiestramiento de dos semanas en el que a grandes rasgos se nos enseñaba a disparar antes de preguntar, nos agruparon en patrullas con dos ordenes claras como el agua que no dejaban espacio a duda. La primera consistía en no abandonar la zona asignada hasta nueva orden. La segunda era disparar a todo el que violara la ley marcial. Sí, la ley marcial. Poco antes de la unión de los cuerpos de seguridad se había declarado la ley marcial en todo el estado. Cualquier individuo, independientemente de su sexo, raza o nivel social, que intentara atravesar algún puesto de guardia o que estuviera en la calle tras el toque de queda sería automáticamente tiroteada. Así, sin más. Algo gordo tenía que estar pasando para que se declararan medidas tan duras. Por desgracia, esa causa era desconocida excepto para unos pocos, y eso causaba recelo en la población que se traducía en disturbios. Pero la orden siempre era la misma: Mantener el orden a cualquier precio.

Eso fue hasta que nos encontramos con esas cosas. Ocurrió una brumosa madrugada. Vimos aparecer una figura en nuestro puesto de guardia. Le dimos el alto, pero no reaccionó. O no nos había oído o nos ignoraba. Se seguía acercando obstinadamente hacia nosotros hasta que abrimos fuego. Le disparamos a la pierna, ya que a pesar de las ordenes, nos parecían medidas muy duras. Si le dimos, fue como sino le hubiéramos dado. Avanzó hacia nosotros y entonces, le vimos con claridad. Era un hombre de mediana edad. Llevaba un traje de chaqueta y zapatos caros. Andaba encorvado hacia delante, dejando colgados los brazos. Tenía una pierna herida por nuestros balazos y le faltaba una mano. Al final de la mano izquierda había un muñón. No estaba suturado ni nada por el estilo. Como si le hubieran arrancado la mano de un mordisco. Mientras le observábamos, con una mezcla de miedo y asombro, se irguió por completo y avanzó con gran rapidez hacia el más cercano de nosotros. El capitán gritó:"¡Cuidado!" y ese fue nuestro resorte. Levantamos los rifles y abrimos fuego contra la figura. Varios tiros le impactaron en el pecho y unos cuantos en las piernas; mas los ignoró como la primera vez. Alcanzó a Rodríguez por la pierna y la mordió. Por increíble que parezca, arrancó un gran trozo de carne de la pierna y se lo tragó. Rodríguez soltó el rifle y se puso a gritar, luchando contra aquel ser evidentemente no humano. El rifle se cayó y se disparó, atravesando de un tiro la cabeza del ser. Tras una gran explosión de sangre a causa de la ya inexistente cabeza, el cuerpo cayó hacia atrás ya sin vida. Habíamos encontrado su Talón de Aquiles. Después del incidente, llamamos al Cuartel. Allí nos dijeron que enviarían una ambulancia para socorrer al herido. Últimamente se estaban dando muchos casos como el nuestro y estaban al límite.

A los pocos días, hubo una reunión general de oficiales. Tras esta, se nos explicó la causa de todas las medidas tomadas hasta el momento. Al parecer, un virus que se contagia por contacto sanguíneo está causando grandes estragos en el mundo. Los infectados pasan a no pensar ni sentir nada, además de no necesitar llevar a cabo ninguna función vital como la alimentación o el sueño. Los infectados no reaccionan ante todo lo que no sea un ser vivo. Y cuando es un ser vivo, reaccionan con extremada fiereza, deseando sólo matarlo. Los pobres que son atacados son infectados. Mueran o sobrevivan al ataque, se transforman en un infectado. Los infectados soportan toda clase de daños que acabarían en el instante con un humano normal y corriente. No hay cura y la única manera de detenerles es "re-matándolos" causándoles algún daño grave en la cabeza.

Con esta perspectiva, se nos dió la orden de reanudar nuestras tareas, siendo ahora nuestra labor la de "desinfectar" a los enfermos. Desde entonces, llevamos una semana enfrentándonos en una lucha sin fin. Al principio, los grupos eran pequeños, de no más de una docena. Sin embargo, ahora son un grandes concentraciones de estos seres. Cada vez cuesta más acabar con ellos y las llamadas de auxilio de otras patrullas son cada vez más frecuentes. Y llegamos a hace dos días.

Con el fusil ya cargado, me dirigí a cubrir mi habitual guardia. Ayer tuvimos que acabar con un grupo considerable de esas cosas y no quería que me pillaran desprevenido. Agucé la vista intentando distinguir algo en la bruma. En este puesto de montaña es imposible distinguir algo por la mañana. Resignado y confiando en que no apareciesen en ese momento me dirigí al camión a por el capote. Hacía frío y la humedad me calaba los huesos. Cuando volví, noté algo distinto. Un olor a podredumbre y el sonido de arrastrar de algo. Volví a aguzar la vista y esta vez distinguí algo que me heló la sangre. Casi tres docenas de esos seres avanzaban lentos pero constantes por la calzada. Dí el toque de alarma y me dirigí a pedir refuerzos por radio. Cuando volví a la barricada, mis compañeros ya estaban disparando a la multitud. El capitán, llamado Juan Gómez, daba ordenes:

- ¡Disparad!¡Que no pasen!¡Enviadlos de vuelta al infierno!

Muy expresivo el chaval. Helado y aterrorizado, apunté y abrí fuego contra la masa. A pesar de la cantidad de balas que recibía, parecían inmunes. Poco a poco, empezaron a disminuir. No obstante, antes de que lográramos acabar con todos ellos, llegaron a la barricada. Torpemente empezaron a trepar por ella y cuando el primero puso un pie dentro, se creó el caos. Tiros, mordiscos, gritos agonizantes, olor a podrido, olor a pólvora... Todo se mezclaba causando una combinación letal. Cuando todo acabó, tocaba el momento más doloroso: La cuenta de bajas.

No quedaba ninguno de esos seres vivos, pero el coste había sido alto. Dado que el ritmo de producción de esas cosas es infinitamente más rápido que el nuestro, se podría decir que habíamos perdido. De las dos docenas de efectivos que éramos, quedábamos seis. Doce habían muerto por las heridas de los infectados, mientras que seis estaban heridos. Con todo el dolor de nuestras ya afligidas almas, comenzó una de las tareas que me causan todavía pesadillas. Primero, quitamos todo el material bélico que llevaban. Después, les dimos a todos, incluidos los heridos, el tiro de gracia en la cabeza. No podíamos permitir que se crearan nuevos infectados. Tener que disparar a las cabezas de tus compañeros es muy duro, cuanto más si todavía están vivos.

Cuando acabamos con la penosa tarea, nos pusimos en contacto con la centralita y nos ordenó que volviéramos al cuartel. Al parecer, estaban agrupando a toda la población en una serie de "puntos seguros" para facilitar su protección y evitar la propagación del virus. Necesitan todo el personal militar posible para la protección de los puntos.

Y ahora mismo estoy yo, en uno de esos puntos seguros, esperando que llegue el momento de mi guardia. No sé que es lo que va a pasar y mucho temo pero mi futuro y puede que el de toda la humanidad esté en peligro.
Publicado por Threkk @ 19:16 | Miedo | 0 Comentarios | Enviar