lunes, 09 de octubre de 2006
La sociedad, actualmente, vive exclusivamente por y para la imagen y el consumo. La explosión del desarrollo de ambos es un fenómeno más o menos reciente. Con la aparición de la sociedad de consumo y el auge del capitalismo moderno, los antiguos valores imperantes en las sociedades, al menos las más desarrolladas, han sido sustituidos por la frivolidad y la frialdad de las apariencias externas y de la imagen.
Hoy en día no importa la verdadera personalidad de una persona, solo nos fijamos en el aspecto externo, en la mudable cáscara que esconde nuestros sentimientos, conocimientos, actitudes, emociones, pasiones, etc., en fin, nuestra personalidad, las características irrepetibles propias de un individuo, lo que nos vuelve verdaderamente humanos. Pero eso ya no le importa a la gran mayoría. Ahora no buscamos personas que sean amables, cultas, alegres, agradables; no, ahora lo que pedimos es que lo aparenten. No hace falta tener una cualidad, simplemente aparentar que se tiene.
La excesiva preocupación por la imagen trae consigo la aparición de un elemento dañino para el razonamiento, y para las relaciones entre los miembros de una sociedad: los estereotipos. Un estereotipo es la imagen preconcebida que tenemos de algún concepto, cosa o ser, y que consideramos como común y correcto aplicado a esos ámbitos. Y, generalmente, suelen ser erróneos. Pondré algunos ejemplos. El hombre ideal es aquel que es fuerte, musculoso y robusto, que vaya periódicamente al gimnasio o a realizar alguna actividad deportiva. Debe ser alto, rubio, con ojos de azul intenso y siempre sonriente. También es pendenciero, y seductor. Le gusta lanzar piropos a las mujeres, y utilizar sus conquistas amorosas para alardear delante de otros hombres como él, sentados en la mesa de algún bar tomando unas cervezas. Desprecia a los intelectuales, pues no le importa la cultura, solo el fútbol y las féminas. Este equivocado planteamiento ensalza indebidamente a ese tipo minoritario de “machos”, como se les suele llamar, y apoca a los pobrecitos que no cumplen esos requisitos, que son despreciados por no tener una imagen satisfactoria. Y muchas veces, algunos de esos marginados son maravillosas personas, mucho más valiosas que el prototipo ideal. Y sin embargo, sus cualidades quedan ahogadas por la búsqueda desesperada de alcanzar esa “meta” que impone la sociedad, enterrando bajo un mar de engaños y frivolidad su verdadera personalidad.
La moda es otro de esos conceptos peligrosos que trae consigo la revolución de la imagen. Esta “tarjeta de presentación” está adquiriendo cada vez más importancia para las masas. Ahora, si la imagen externa de una persona no nos convence, realizamos un juicio sin fundamento y pensamos que no debemos acercarnos a ellos, que no podemos congeniar… ¡cómo si el hecho de llevar ropa nueva o más “fashion” (adjetivo inglés cuyo significado en castellano aún no comprendo, y que sospecho que mucha gente utiliza sin entenderlo del todo) fuera lo único importante! Y así entra en juego otro estereotipo que causa mucho daño entre la juventud, principalmente de sexo femenino: la de la mujer guapa, maquillada, muy delgada, y que gasta un dineral para llevar siempre la ropa más moderna (que sospechosamente es la más cara; otro truco de la publicidad y las empresas) simplemente para rivalizar con otras por ver quién tiene el mejor modelito, o cuál ha conseguido atraer a más hombres. Y esto es lo que se les exige a las chicas de hoy en día. Tienen que abandonarse a la única preocupación de ponerse los mejores “trapitos” y ligar con los mejores chicos. Y así se registran tantos casos de anorexia, y de todo tipo de enfermedades mentales, así como de rechazo y frustración. Y todo eso provocado por la imagen de “persona ideal”, que increíblemente todo el mundo acepta. Y mientras, valores tan importantes como el amor sincero, la amistad, la lealtad, la honestidad, el interés por conocer, etc, son sustituidos por una inmoral necesidad de aparentar lo que no se es, de ocultar totalmente nuestros sentimientos, de dar imagen de moderno (otro concepto peligroso y mal utilizado), de ser como la gran mayoría, lo que implica perder nuestras peculiaridades, lo que nos distingue de otras personas y nos vuelve únicos. Actualmente, en los países “occidentales”, la gente vive sometida a una tiranía: la de la imagen, ese amargo déspota, que limita nuestra libertad de expresión por miedo a no ser como el resto y terminar rechazado.
Incluso en los gobiernos se puede observar esa preocupación por aparentar. Ya no importa si se resuelven los problemas que aquejan al mundo, a los Estados, a las sociedades, etc. Ahora, lo único importante es simular que se han solucionado.
Nadie sabe cómo puede terminar esto. Lo que si se sabe es que la historia suele seguir procesos cíclicos, y tras un período de crisis en el pensamiento colectivo de las sociedades, viene otro de vuelta a las ideas tradicionales, para ser estos sustituidos de nuevo por la crisis. Así pues, puede que todavía exista una solución a esta excesiva y dañina preocupación por la imagen, y vuelva otra época de preocupación por los valores. Sin embargo, lo arraigada que se encuentra esta nueva crisis en el pensamiento de las nuevas generaciones hace presagiar un camino arduo y difícil hacia una sociedad más ética y moral.